Encerrado para fines practicos

Escribo 18 de mayo, lunes, 16:10 de la tarde. Para fines prácticos estoy encerrado.

Tengo las llaves y puedo salir. Tengo jamón, galletas saladas y unos 3000 MXN en efectivo. Esta casa no tiene internet y por eso estoy aquí. Dos días seguidos no vinieron los técnicos, así que lo mejor que puedo hacer es quedarme igual de hoy a mañana. Si mañana no vienen los técnicos, me regreso a la CDMX a eso de las 17:00.

Hambre no voy a pasar.

Hace unos años, antes de los 30, hice una cantidad impresionante de viajes cortos en el país; por «cortos» me refiero a salir el viernes y estar el lunes. No había internet ni cibercafés en muchos lugares, solo en contadas ocasiones conexiones de módem. Tenía entonces una portátil simple, pero no la llevaba. Eso sí, llevaba tres o cuatro juegos de diskettes con lo necesario y, en casos extremos, podía bajar por conexión de módem y un FTP los códigos.

Este PC se usa rara vez; es potente en lo que cabe, mejor que el que tienen muchos. Por cuestiones de bocinas, lo que tengo aquí es una televisión de 32 pulgadas, y creo, pero no estoy seguro, que la compré en la época de la pandemia. En aquel momento preví lo que iba a pasar con la telesecundaria, y en mi casa nunca había habido televisión estándar porque no la veo. Al declararse la pandemia, el cálculo de probabilidades era telesecundarias para mi hija, así que salí a comprar esta. Sí, aquí tengo una de 43 pulgadas que estaba desde tres años antes de la pandemia… 2017… por una mudanza y porque la usé en cursos. En la casa de CDMX tengo una de 50 pulgadas y creo que unas tres o cuatro de 32 que usé para cursos sin bocinas. No debo ver a esta distancia el monitor mucho rato porque me lastimaría la vista.

Así que, aunque luego lo checaré por inteligencia artificial, para la ortografía es más sano, de momento, ver el teclado y tratar de escribir simple.

Tengo 54 años. Cuando no tengo nada que hacer desde joven, como leer, me dedicaba a entrenar algo: sea haciendo planchas o dominadas, abdominales, u otras ocasiones descansando con mente clara.

Este post va a ser largo y no sé si lo publique hoy. Literalmente depende de que hoy o mañana vengan los de internet. Por varias razones, en esta ocasión no traigo un USB donde guardar la información, y esta PC no tiene Apache con lo que podría hacer sitios web o pensar en pendientes de una manera gráfica. Así que, para fines prácticos, uso esta computadora como un bloc de notas, ya que las otras dos son menos potentes y no tiene caso conectarlas si esta funciona y tienen el mismo sistema operativo.

Hace unos 25 años, un lobo blanco corrupto (sin entrar en detalles, se le llama en tradición a coyote blanco o lobos blancos a los artistas no muy racionales, con sueños de grandeza pero con problemas prácticos, o que en resumen no son personas de acción ni atrabancadas, pero demasiado calmadas para su propio bien). Él empezó a mostrar ciertos síntomas de venderse. Hoy quizá está en mejor condición física que yo por su trabajo y es más joven, pero no ha podido trabajar de sus estudios desde hace unos 12 años. Literalmente está en otro asunto y en la pandemia puso en riesgo a mucha gente. Yo dejé de tener contacto con él internamente desde 2006, sin pleito de por medio. Solo que él ya estaba en el comercio de lo sagrado y descuidaba su trabajo por fantasías de poder.

Fue buena persona.

Una vez él me preguntaba si para evaluarse a sí mismo debía compararse con otros. Le dije que era común pero que era un error, porque probablemente él era mejor o peor que los demás, pero una comparación sensata debe ser entre iguales. No pones a un niño a explicar física nuclear ni a un fumador de 32 años a hablar de educación del deporte. Son cosas que así van. La parte interesante de la idea es que le expliqué dos o tres métodos tradicionales: compararse con un supuesto gemelo, o con alguien «de otra realidad», pero que lo más común a veces era con uno mismo de otras épocas si compartías con tu yo del pasado el mismo código moral, o con parientes si compartías con ellos ese código moral.

Con hermanos es difícil. Mi hija fallecida y mi hija viva se llevaban menos de un año. A mi hija le comenté que podría compararse a sí misma con lo que pudo ser su hermana o con ella misma si hubiera estado conmigo en su infancia; son ejemplos.

Mientras escribo, debo hacer hincapié en el concepto de que, para mí, mi responsabilidad principal es pensar. Pero cuando no hay gran cosa en qué pensar, y no puedes entrenar o te causa un problema por otra razón, lo mejor que puedes hacer es descansar. En mi casa hay quien se ocupe de mis perros, así que no es raro que, desde siempre, si había un momento en que quería pensar algo, me sentaba, respiraba y a veces me dormía, acumulando reservas.

Hoy, por ejemplo, desayuné otra vez tortas de carnitas, de maciza. Nutritivas. No he comido hoy nada más, no por hambre. Es rarísimo que yo tenga hambre y, por lo general, tengo reservas de energía.

El caso es que a veces lo mejor que puedes hacer es descansar, sobre todo si son periodos cortos de dos o tres días máximo, sin olvidar el mundo real. Mis perros están cuidados en CDMX.

Hay otra idea importante: que al estar descansando o en movimiento, muchas veces no piensas; son dos cosas diferentes. Pensar es trabajo activo. Sí, a veces descansando se me olvidan las cosas, como cumpleaños, por ejemplo. Perdón a los que no he felicitado en su momento.

Hoy, por ejemplo, me desperté sabiendo que era el cumpleaños de la dama de los emojis, de otra área de los monolitos; le mandé una imagen de feliz cumpleaños, y luego el resto del día pues hablé con la Dama Margarita sobre algo que vio y que apenas se da cuenta de los problemas de la paraestatal.

Descansé.

Ahora bien, cuando ya eres joven y no niño, hay una memoria corporal que va más allá de tu propia vida: si te caes en una alberca te mueves para no ahogarte, si te quemas te mueves, pero en la medida de lo posible trato de aprovechar el tiempo.

Otra cosa útil que hice fue organizar unos papeles que puedo destruir cuando mi hija cumpla cinco años de ser adulta, de las denuncias contra la mamá. Unas dos o tres cajas enteras de mis copias y acuses de recibo.

Hace rato en la calle vi a los de Megacable, pero no tienen líneas aquí, así que me debo quedar con Telmex. En lo que veo Totalplay, un plan de contingencia se va lejos, y usar Starlink con un solo ingreso no es buena opción. Si estuviera recibiendo lo de los monolitos, sí lo haría.

Mi tiempo de pensar vale.

En el año 1990, entre una cosa y otra, no salí de la casa en seis meses en lo que se vendía. Mi padre estaba allí y me llevaba comida; yo me bañaba y demás. Pude haber hecho el primer semestre de la carrera en la UDG, pero no tenía demasiado caso. Y como hablando con mis maestros tradicionales me comentaban de una ceremonia tradicional de la Golden Dawn y MacGregor Mathers, me encontré en la excepcional condición de tener dinero y comida, y posibles cuatro a seis meses de tiempo en lo que se vendiera esa casa. Una especie de jubilación a los 20. Libros, etc. Las ceremonias y promesas de las diferentes tradiciones reales son así; incluso en la Biblia mencionan que se puede rezar en una habitación sin tener que ir a la iglesia.

No creo que tuviéramos televisión en casa simplemente porque no la usábamos. Libros, tiempo, pensar. Un acuerdo con otra universidad y mi padre entregaba los trabajos, y los exámenes los hice diez días después de salir. Ese primer semestre fue difícil porque no había nada que aprender.

Pensé mucho en posibilidades futuras. A veces no veía a mi padre en cuatro días porque él salía a cosas de su trabajo, pero realmente la puerta estaba abierta, había comida y dinero.

No salí porque no había que hacerlo.

En ese momento se me necesitaba en esa casa.

Ahora estoy aquí, años después, algo similar. Esos seis meses que estuve allí hubo tres visitas de los compradores y unos cambios que pidieron de las maderas que yo pude hacer solo, aunque mi papá se ofreció a ayudarme. Y aunque la madre de mis hijos, entre otras cosas, me robó mi herramienta de carpintería, lijadora y hasta los tornillos, no ha sido necesario crear más muebles, lijar madera, hacer avellanado, escuadras o refuerzos.

El día de Reyes de 2001 compré una perrita cocker. Historia larga. Entonces vivía yo en un lugar parecido a este, mismo tipo de pisos, y tampoco había internet. Era un lugar bueno pero que pudo ser mejor. Sacaba a pasear a mi perro y organizaba mi tiempo entre todos los clientes que cayeron uno a uno por razones diferentes. Año muy raro. El año anterior había venido una de mis hermanas de EE. UU., y según mis cálculos la relación de pareja coexistió un poco con la perrita de marras, aunque no coincidieron en espacio y tiempo.

Pero la idea aquí es referencia y no residencia. No trato de resucitar un pasado que ya no existe o tener «residencia» en él. Estoy evaluando mi condición actual contra entonces. Tenía 29 años, que para muchos es la cumbre de la fuerza física. Tenía empacada mi computadora buena, había vendido las demás previsoramente como parte de una sustitución que no llegó, y una portátil que igual no conectaba en esa casa porque no era necesario. Mi trabajo era pensar.

Sí, llegaba del trabajo, paseaba a mi perro, me comunicaba con suegros de una relación de tres años atrás, pero hasta eso se terminó porque ellos fallecieron en un accidente. No estaba aislado. Trabajaba de lunes a domingo en algo relativo a la Central de Abastos, con un sistema. Un viaje corto al funeral de mis exsuegros, dejando a la perrita en casa. Otro viaje corto de trabajo y le encargué la perra a mi papá. Ofertas nuevas, pues me cayeron unas cuantas de trabajar con Paradox o FoxPro, que sería el equivalente a que hoy me pidieran hacer algo con Ruby sin Rails, o con VRML o Drupal 6.0. Cosas sin futuro y que además aceptarlas era cuestión de dejar un ingreso seguro sobrevivible por algo un poco mejor pero en tecnología infame que iban a botar en menos de dos años. Simplemente era mala idea.

Mi comida: avena cruda Quakers en sobres, jamón, queso, plátano, huevos revueltos con parrilla eléctrica y baños de agua fría porque simplemente me creaba otros problemas, no de dinero: comprar tanques de gas normal. Los tenía, pero aunque había dinero, rellenarlos me creaba otro problema y posibles sabotajes. Los cinco años anteriores yo había trabajado en gaseras y resulta que una de las rutas con las que tuve más problemas eran los que surtían esa colonia, así que no tenía caso. Mejor agua fría. Sí, cuando viajaba, agua caliente.

Ese año fui testigo y afectado de muchos problemas no atribuibles a mí. No quise hablarlo con familiares por varias razones: primero, me gusta resolver cuando puedo mis problemas solo, y segundo, porque era feliz.

Sí, plenos 29 años, teniendo una casa en la que no podía vivir porque allí estaba mi papá, trabajando de lunes a domingo y el ocasional día festivo usándolo para trapear el mosaico blanco con ácido muriático hasta que no veía ninguna mancha. La perrita, cuando tenía que hacer sus necesidades en la casa, las hacía siempre junto a la puerta de entrada, simplificándome mucho. Así que me acuerdo sentarme en mi cama, o en la cocina con su mesa, la perrita abajo, y si no era cuestión de trabajar, limpiar el área de comedor y luego mi sala, las cortinas abiertas cuando no era hora de dormir, uno de los lugares más luminosos en que he vivido. Regresaba del trabajo, sacaba a pasear a la perra, si era horario le compraba su 1/4 o 1/2 de chuleta ahumada. Una hora de caminar en la noche. En esa época yo usaba un teléfono que era un ladrillo Nokia. En septiembre de ese año nació mi perro más recordado, y unos tres meses después se dieron tres eventos casi simultáneos: uno, que un niño pateó a mi perra en la calle, ella llevaba cadena y se llevó entre las patas un coche y la tuve que sacrificar; dos, que me cayó un trabajo que duró tres años hasta que se autodestruyó (quisieron reducir sueldo de todos a la mitad); y tres, que me tuve que cambiar de casa por una más cercana al trabajo nuevo.

Sí, pero esos meses entre enero de la perra y su muerte, probable finales de noviembre, fui feliz. Lo raro es que al igual que ahora tenía ingreso seguro, aunque ahora es mejor, y me tocó ver a varias personas hacinarse o autosabotearse. Igual que ahora.

Mucha gente que se queda sin trabajo a los 30 o que todo les cae encima pide ayuda a sus papás. Yo no era de esos, ni fui de esos. Primero porque siempre ha habido un ingreso aunque sea modesto, y segundo porque pedirle ayuda a mi papá era meterlo a él en problemas, no de dinero, sino morales. Él estaba en mi casa. No tenía caso discutir.

Así que recuerdo esa etapa como de luz. Llegando yo a veces en la tarde o noche con la luz prendida y mi perra esperándome y sin ladrar, o los días de luz de día, antes de salir, limpiando, desayunando simple, y yendo a trabajar. El agua fría no me molestaba en lo absoluto. Además, nadie en su sano juicio lleva traje a CEDA, así que lo que hacía usar pantalón y chaqueta de mezclilla y camisas blancas o azules. Sin frío, pero esa luz fría agradable de las luces de mi casa, y de los reflejos al limpiar el piso con ácido muriático.

Para evitar accidentes y como no se cocina aquí, igual no tengo tanques de gas en esta casa en 2026. Sí un horno de microondas. Otros recuerdos son en 2012 con la casa del Bajío, algo muy parecido. Por asuntos legales a veces te conviene más regalar los tanques de gas y que quede asentado (historia larga), y esa casa de dos pisos igual tenía mosaico blanco. Amueblada. Pagaba a uno de mis empleados para que me la limpiara, y ocasionalmente iba con mi familia y la perra schnauzer que ahora está en casa. Para fines de control, pues sí, escribo aquí pero sin perro.

Antes de traer un perro aquí quizá me convendría traerme una máquina pensada para desarrollo para no estar escribiendo en vez de hacer algo más útil, pero puede servir a otros como referencia.

Lo que sí noto en una evaluación real fue que el colapso de las gaseras en el 2000 fue muy parecido al colapso de los monolitos en el 2025. Igual que entonces, dos casas para fines prácticos, con mosaicos blancos.

Cuando renté por primera vez casa en México a los 18, era una buena parte de mi sueldo. Casi 50%. Dos recámaras. Ahora vivo en un departamento igual pero que es mío, el de CDMX. Las dos únicas veces que he tenido que buscar dónde rentar fueron casas de tres recámaras. El estudio del piso blanco y la cocker no lo elegí yo, pero era incluso un poco más grande que el piso de abajo de esta casa, aunque eran menos cuartos.

Me resulta difícil hacer comparaciones, pero lo importante, la paz, aquí está; la calma igual.

No me lamentaba en esa época y no me lamento hoy.

En CDMX tengo una cocker king Charles que nació allí mismo hace doce años. Una perrita de ese estilo es muy buena para un lugar como este. El atrabancado del perro grande o la chihuahua histérica que yo no elegí no encajan mucho aquí.

Este es un lugar que compré pensando en posibles cambios. Aunque pensé para que mis hijos pudieran vivir aquí y hay literas, después de una estupidez de mi hijo en 2017 y una de su hermana en 2022/2023 no les permito entrar a esta casa. Sí a la de CDMX, pero a ninguna otra. La razón es simple, aunque otros me ataquen quizá por el pensamiento: no puedes conservar lo propio si no puedes cuidar lo ajeno, y por hábitos de la familia de su madre, no tengo que permitir que eso entre en mi vida. Desorden y pérdida de tiempo.

No soy fanático del orden. Por ejemplo, a mi izquierda tengo unos archiveros de metal, lockers, seis con llave por si alguna de las visitas del grupo de trabajo de estudios mesoamericanos quiere dejar algo aquí. O a mi lado derecho una televisión en pedestal, tapada por un paño. No son cosas comunes, pero encajan con el entorno.
En la planta baja hay 16 asientos individuales, por si fueran necesarios.

Pero una casa debe estar amueblada para que los habitantes estén cómodos. Es decir, el dueño de la casa soy yo, pero lo que quiero indicar es que está hecho todo para que física, mental o emocionalmente los habitantes estén bien. He comentado que cuando vine del Bajío me resultó mejor regalar el 90% de las cosas; creo que solo traje libros, papeles y unos dos muebles que nadie quiso.

Aquí no hay agua caliente y de momento no internet. Refrigerador no lo necesito para tres días al mes que vengo aquí.

Me levanto, voy a la sala, tomo dos rebanadas de jamón; compré un cuarto de kilo para cenarlo y desayunarlo. Puedo ir mañana temprano a una tienda que hay cerca, pero de momento no necesito más. Hay dinero y puedo ir por los tacos de pastor buenísimos, pero no los necesito; pero como soy compartido, si tuviera perro seguramente lo llevaría a comer uno.

Dos de mis perros más recordados siempre se comían una quesadilla de chicharrón prensado para ellos mismos. Los actuales, tacos de maciza de birria.

Llevo escribiendo una hora.

Esos mosaicos blancos me recuerdan algo de la paz. Vamos a explicar la situación. Desde 1988 sé que solo un necio se preocupa por lo que no puede remediar. También desde esa época sé que no puedo proteger a otros de sus propias decisiones. Cuando estuve esos seis meses en la casa en 1990 era no tanto paz, sino una obligación; lo mismo que ahora que estoy aquí. Nada de esa sed que me hace ir a trabajar o abrir la terminal de Linux, aunque no tengas poder hay responsabilidad, y de momento tengo mucho mejor puntería por haber elegido bien mis batallas desde 1990 o un poco antes.

Explico.

Me ha tocado estar en eventos traumáticos.

En 1988 o 1989 vi cómo mataron a una persona en un autobús en 8 de julio, Guadalajara, cuando tenía unos 16 o 17 años. Literalmente le dieron dos tiros en la cabeza y uno en el pecho. La persona de junto se llenó de sangre.

He visto muchos muertos en el momento en que morían, desde atropellados a suicidios, asesinatos por policías contra un ladrón; literalmente he visto de todo y no me parece traumático. Sí me parece un desperdicio cuando veo cosas como una bicicleta destruida y una sábana blanca cubriendo el cuerpo de un niño de 10 a 12 años.

Creo que la paz la obtuve en un momento de 1993 o 1994 y nada que ver con casa propia. En esa época (1990 a 2001 sin perros) estaba trabajando, estudiando e iba al cine con la dama de la calle de Quetzalcóatl. No tenía la paz en ese momento, pero estaba cerca. Unos meses después, menos de un año, igual hubo un colapso en el país en 1995. Yo me aventé sin trabajo unos seis meses; a muchas personas les fue mal. Yo con casa y dinero sabía que no había problema. La dama en cuestión ya había sido enviada a un lugar muy muy lejano, más relacionado con el rancho de López Obrador que con Star Wars. Pero esos seis meses sé que ya estaba en paz. Unos meses después, antes de acabar 1995, mi hombro izquierdo estaba casi destruido y dos de tres médicos querían operar pero sin garantías. Recuerdo llegar a la casa de una doctora, del grupo de mis maestros tradicionales. Sí, cubierto de sangre propia, de las heridas del brazo de unas horas antes y un mal vendaje. Pero en paz. Listo para morir si hacía falta.

Los siguientes años tuvieron sus propios eventos traumáticos para otros. No los podía cambiar, así que solo me quedaba compararme conmigo mismo y mi código moral y actuar con honor.

Son las 17:30. Si tuviera un monitor real podría hacer pseudocódigo, pero estar escribiendo viendo el teclado no es muy bueno para la retroalimentación. Podría ver películas en el DVD, tratar de conectar el Nintendo NES clásico a una de las teles. Creo que hay uno listo para eso.

Pero tengo cosas en qué pensar y al mismo tiempo descansar. Ponerme a hacer planchas o lagartijas no es buena idea. No tengo perro que pasear, pero sí puedo descansar.

Oh, sorpresa: me acaba de pedir un cliente que le cambie una contraseña de correo, pero aquí no tengo internet. Encontré una solución alternativa, pero después de hacerlo descansaré y pensaré. Dejaré esto abierto por si hay algo más que anotar.