En el año 1987/1988 todavía no conocía a mis maestros tradicionales, de lo que en la tradición llamaban el «Camino Rojo», y específicamente el camino de Mitra.
Ya estaba enterado de lo que en misticismo se le llama sabiduría solar, y lo que se le llama el camino lunar, teniendo que ver, entre otras cosas, con La Diosa Blanca de Graves. Mi padre me explicó varias cosas de valores, con acciones. Y aunque tenía sus defectos, me eduqué viendo cómo un hombre resolvía problemas con base a un código.
No lo expresó con palabras. Ocasionalmente lo vi hacer cosas tipo preceptos griegos. Ajá. No es que mi papá hiciera un seguimiento de la ética de la virtud de Aristóteles y el justo medio. Lo vi usar violencia física a un nivel impresionante cuando hizo falta. Muy pocas veces. Un hombre fuerte, que me enseñó lo que se llama a veces entrenamiento funcional. Hay personas que se sorprenden de mi fuerza física, aunque siempre le he apostado a la mente y no al cuerpo, pero mi padre a los 60 tenía, de todas formas, una fuerza mayor a la que yo tengo ahora. Incluso en mis 30, que tuve más contacto con él en sus 60, yo no hubiera podido hacer casi nada.
No era miedo físico. No teníamos por qué discutir, pero era prudencia.
Lo que importa no es que mi padre leyera a Aristóteles, que sí lo hacía. Teníamos en la casa un montón de libros de la editorial Porrua, colección Sepan Cuantos, desde antes de la muerte de mi abuelo materno y que me dejara sus libros; pero eran sobre todo libros griegos los de esa colección. Áyax. Las siete tragedias. Y en dos ediciones…pero en alemán, inglés y francés… Kant.
Como el 10% del total máximo. Hicimos libreros a mano varias veces. en varias ciudades.
Mi padre, por su trabajo como cantante de ópera, tenía que saber idiomas. Que yo recuerde, solo la Crítica de la razón pura de Kant estaba en cinco idiomas. No era su libro de cabecera. Por lo mismo, aunque crecí leyendo a Mickey Spillane, Zevaco y Colin Wilson, siempre oí las ideas de Kant de una u otra forma. Deontología, o como se entiende a Kant casi siempre, es: ¿qué haría una persona correcta y de noble espíritu en esta situación?
A mi padre le tocaron varias ocasiones de sorpresa absoluta ante la actitud autodestructiva de las personas. Y empecé a oír, cuando le explicaba a otros cosas del I Ching como ejemplo de la solución cuando alguien le pedía consejo a él , usar el I Ching por claridad.
Por ejemplo, recuerdo muy bien a un barítono llamado Armando Mora. Hubo una plática sobre el I Ching y la pregunta del Sr. Mora era: «¿me dejo la barba o no?». Así que mi papá le enseñó cómo usar el I Ching y la respuesta que le dio a la pregunta fue el hexagrama 22. «La barba es solo un adorno». Palabras textuales.
Y a esa ocasión siguieron más pláticas. Yo tendría unos diez años y algo me había explicado de Kant mi papá, pero vi que la pregunta al I Ching que mi padre recomendaba era… ¿qué es lo correcto?
Así que, por un lado, me tocaba ver a mi padre cantar el papel de Calaf de la ópera Turandot en Bellas Artes, ir con él a remar (para ponerse en forma) y verlo leer de todo un poco, poniendo música clásica, que era su verdadero trabajo, decía él.
Cuando ciertas cosas estallaron fuera de control en 1985, después del temblor en el gobierno, hubo varias consecuencias en la familia. Mi papá en 1986 entró a un modo de contención de daños. Otro recuerdo que tengo, y supongo que es de esa época: mi padre, la soprano Margarita Pruneda y yo jugando Scrabble en un tren de esos que tenían camas en los gabinetes; íbamos camino a una Novena Sinfonía de Beethoven. Casi al final, creo que faltaba una media hora para llegar, así que tengo muy presente yo medio dormido en mi cama del tren y oyendo, del otro lado del pasillo, las fichas verdes cuadradas del Scrabble y él diciéndole: «Es muy simple. ¿Qué es lo correcto?».
Cuando en 1986 nos tocó a mi papá y a mí torear situaciones complicadas, él además estaba dando consejos a varios compañeros de profesión: Rafael Sevilla (tenor), Guillermina Higareda, Gustavo Escudero (hasta el 82, que después de ciertos conciertos en Monterrey hubo una desconexión del maestro Escudero con los otros).
Mi papá a mediados de 1987 no tenía mucho tiempo para mí. A mediados del 88, menos. Es en esa época cuando mi papá tuvo que hacer cosas en varias partes del país, al mismo tiempo que hacía el Sansón y Dalila de Saint-Saëns en el Teatro Degollado. Creo que Dalila fue Estrella Ramírez. Existe la posibilidad de que hayan sido en 1989 las funciones, pero preparar una ópera como esa no era fácil, y menos si no es en Bellas Artes. Así que, además de todo lo demás, mi papá estaba literalmente con las manos atadas de tiempo por hacer lo correcto.
Así que simplemente habría sido absurdo y de «mal hijo» pedirle consejo de lo que me estaba pasando a mí. Ya había tenido un primer contacto con mi maestro tradicional principal y, como resultado de todo eso, conocí a una dama de 19 años excepcional.
En ese tiempo me encontré en una situación fuera de lo común que incluso ahora me sería muy difícil de manejar: de si era correcto o no preventivamente avisarle a mi novia (que ya me había hecho varias cosas desagradables) que de manera temporal iba a tener que ayudar a la dama de 19 porque era lo correcto.
No quiero entrar en detalles. En la situación de la dama de 19 solo yo podía hacer algo, precisamente por ser menor de edad. Con la dama de 16, en esa época de joven inexperto, no había terminado la relación, cosa que hice unos meses después.
Pero la pregunta era… ¿Qué es lo correcto?
Y la respuesta del I Ching fue: «Dar explicaciones sería desastroso, pero no estaría moralmente mal».
Así que eso hice.
Se oye feo y, aunque las dos damas fueron importantes en mi vida (la segunda nunca fue mi pareja por decisión de mi parte), a su manera las dos tenían un corazón limpio. La de 19 más. Era a la que debía ayudar. Por los corazones limpios.
Sí, las explicaciones y pláticas de qué estaba pasando tenían que ver con ese entorno. Según mis cálculos, fueron en la calle de Obsidiana frente a Plaza del Sol, en uno de los departamentos de mi novia (en el otro estaban sus papás y en ese ella, la hermana y la abuela). Así que, sentados en la terraza viendo Plaza del Sol, tuvimos una de las pláticas más complicadas de mi vida. Le dije que tenía que ayudar a la dama de 19 o la iban a matar. Le comenté mi razonamiento. En aquella época no había tanta violencia, y que yo recuerde mi pecho medía entonces más o menos 1.20 de circunferencia. Y no tenía la fuerza de mi padre.
Solo tenía a Kant y al I Ching.
Podría pensarse que era lo único que tenía para no quebrarme. Pero cuando sabes lo que es correcto, lo demás es muy simple.
La fecha era 25 de septiembre de 1988. Estoy seguro de que era el cumpleaños de mi tío Alberto y de otra persona de la familia. Es decir, yo tenía 16 años. Ese día pasó algo. Y la hermana menor de mi novia tomó una foto conmigo sentado en la terraza del balcón de Obsidiana. Plaza del Sol a unos 60 metros. Nueve o diez de la noche.
Pasaron unos meses. Atravesé la puerta de la casa de mi maestro tradicional con la dama de 19. Ella tenía el papel de la dirección. ¿Fue prudente? Creo que sí. ¿Cortés? También. Por los corazones limpios.
La plática de unos meses antes no era prudente, pero sí necesaria. Y lo volvería a hacer igual; aunque los años me han dado otra perspectiva, entiendo mejor y sí era lo correcto. Lo que veía a mis 16 era correcto y ahora puedo explicar por qué.
Cuando tengo personas a mi cargo en el trabajo, les pido que hagan tres actividades si no tienen a alguien a quien atender, una vez al día. Si tienen que hablar con personas como parte de su trabajo, la cuarta actividad es preguntarles si necesitan algo. Pero las tres preguntas que me hago desde hace años son:
-
¿Cuál es el éxito del día?
-
¿Qué dejaste pendiente para mañana?
-
¿Cuál fue el mayor obstáculo o problema del día?
Cuando empecé este blog en 2004, pensé seguir esa metodología, pero por prudencia y NDA (acuerdos de confidencialidad) sería demasiado críptico lo que podría decir. Hoy, por ejemplo, me la pasé leyendo dos periciales, uno en inglés y otro en español. El mayor logro no fue mío: una Inteligencia Artificial encontró un dato adicional del que no me había dado cuenta en 22 años. No fue logro mío, pero sí un éxito. Pero explicarlo sería confuso. Dar explicaciones a veces no es necesario.
Ni puedo explicar a veces mis actividades del día siguiente. Ejemplo: revisar servidores, personal, Ecatepec. Sí, tengo algunos pendientes de momento, pero a veces no puedo decir qué tengo que hacer, solo pensarlo.
Aquí el mayor problema del día es que uno de mis perros anda muy inquieto y no sé por qué. Cerebro de chihuahua el de ella. No es celo. En este caso, otra vez: dar explicaciones sería desastroso, pero no estaría moralmente mal. Así que simplemente lo hago y ya.
Casi medianoche. Hay cosas por hacer mañana, no importantes, pero… por los corazones limpios.