Una ausencia

Es la madrugada del martes 27. Estoy haciendo un respaldo. 00:17.

Aunque no parezca relevante en este momento, tengo el despertador programado de lunes a viernes a las 05:15. Por lo general, me despierto antes. Los fines de semana, casi siempre me despierto a la misma hora.

El domingo en la madrugada un conocido me hizo llegar una pericial de casi 60 páginas. La validé y luego entré en contacto con la persona. Mejoras, cambios. Se me fue prácticamente todo el domingo; entre el domingo y el lunes, me acosté a las 04:35 a. m. Por lo general habría quitado la alarma, pero se me pasó.

Normalmente, cuando me duermo es como accionar un interruptor de apagado: me acuesto, acomodo la almohada, me cobijo y ya estoy dormido. Pero en esta ocasión, le di vueltas en la cabeza al contenido de la pericial y al único anexo que había en ese momento (la versión final fueron dos).

Mi mente estaba, entonces, en lo que se llama estado hipnagógico. Ese punto donde, por lo general, puedes hacer cruces de cosas importantes pero a la vez obvias. Y, a veces, aparecen imágenes.

He comentado antes sobre esos sueños en secuencia que han durado casi dos años, mientras que en los años anteriores, nada de nada. En algunas series que he visto (coreanas, principalmente) presentan la muerte como un desierto y una caverna. La persona fallecida va en una procesión cruzando el desierto y, al final, entra en una caverna que es algo así como el otro mundo; obviamente, una metáfora del útero.

Aquí debo hacer otro comentario que no había escrito por la pesadez y la cantidad de trabajo que me tocó con lo de la pericial. En la noche del sábado al domingo tuve un sueño que no anoté por la sobrecarga, pero que es pertinente para esto.

En ese sueño, estaba terminando de mudarme a una casa y despidiendo a los de la mudanza. Era un loft de unos ocho metros de lado (es decir, sin paredes interiores y unos 64 metros cuadrados), con pisos blancos de mosaico y una pequeña división que daba algo de privacidad a la cama. Pero, en el sueño, el piso tenía un pequeño derrumbe y me daba cuenta de que debía mover la cama por el aparente hundimiento. Como yo tenía las llaves del piso de abajo, bajaba y veía que no había grietas en el techo; regresaba al piso superior y movía mi cama, aunque el piso ya no estaba tan firme.

En este sueño, vale la pena destacar, no aparecía otra persona más que yo. Es la única vez que me ha pasado algo así en sueños de entorno urbano. Podría interpretarse como un problema temporal en mi modo de vida, pero yo estaba perfectamente tranquilo. El pensamiento era que debía reparar eso, pero en ese momento era más importante dormir.

Bien. Regresando al estado entre dormido y despierto del día siguiente…

Me dejo llevar por las palabras que me susurran de la pericial y la validación cruzada necesaria. Deben ser las 4:55 o algo así.

En ese momento, veo una imagen: el símbolo distintivo de los sueños de la secuencia que he comentado. Es curioso, la mitad de los sueños de mi vida han ocurrido de octubre de 2023 hacia hoy, y como el 70 % de estos sueños modernos pertenecen a esa secuencia. Tengo 54 años.

Mientras escribo, mi esposa ronca.

Me encuentro en esa imagen a punto de caminar hacia un volcán. Me vienen a la mente, simultáneamente, un juego de Nintendo normal, Ultima (juegazo) y su marca de lava para caminar sobre ella y completar un quest. También me viene a la mente la escena inicial de Zanoni, de Bulwer-Lytton, en el volcán.

El símbolo distintivo, en este caso, se manifiesta en una ropa de mujer, holgada, un traje azul flotando. El traje azul flotante empieza a darse la vuelta justo cuando piso la lava y noto que no me hace daño.

Despertador. Adiós.

¿Por qué «Ausencia»?

En mi vida ha habido tres sueños fragmentados incluyendo este. El primero fue hace unos años, en tiempos de la pandemia; había unos edificios circulares y mi hija me despertó. Me levanté adolorido y con ácido láctico en los músculos, la única vez que me ha pasado algo así. La segunda vez fue hace unos dos meses; no podía acordarme de absolutamente nada pasado un día, solo sabía que había tenido un sueño de la secuencia.

Esto es el inicio de un sueño: lo del volcán y la ropa azul rey mientras empiezo a caminar por la lava en paz, con confianza, sin miedo, sin deseo, hacia mi lugar.

Apagué el despertador y me dormí como siempre. Me acomodo y, zaz, dormido; en este caso, sin situaciones hipnagógicas.

Y de ahí, una sensación de ausencia. Me hubiera gustado que ese sueño siguiera. Salvo raras excepciones, los sueños de secuencia me llevan a la paz. Creo que solo uno tenía que ver con violencia; casi siempre son sueños sin sentimiento donde soy un observador, como en el del suelo de mosaicos. También hay uno o dos sueños con piso blanco y un charquito de agua.

Hay un paralelo entre el piso que empieza a derrumbarse y el caminar por el volcán.

A lo largo del día seguí revisando la pericial y hablando con la persona por WhatsApp. Van más o menos dos días seguidos de hacerlo, con pausas. Un párrafo extra: «Oye, según el código penal de este estado, la persona cometió tal delito». Así. Yo no soy abogado, pero llevo años viendo documentos legales similares. ¿Desde 1998? Creo que sí.

Me doy un tiempo porque tengo que comprar algo a pie a unos dos kilómetros de mi casa, y saco a pasear a dos de mis perros: la matriarca, una schnauzer de 14 años que se va de lado por viejita, pero que es cariñosa y le encanta caminar; y la setter, llamada Safari, llena de vitalidad a su año y medio, a la que le gusta explorar (por eso el nombre).

Caminamos un rato; el lugar está cerrado. En el camino pienso en la ausencia y me acuerdo de cosas de mi juventud y de mis treinta. Otros perros, mismo hombre. Recuerdo las caminatas en la montaña con mi maestro tradicional y dos pastores belgas. Las caminatas a medianoche con el labrador y la cocker. Una plática con una vecina de 16 años (yo en mis 17 o 18) mientras llevo un pastor alemán y ella una maltés. Todo al mismo tiempo.

El hombre y los valores no cambian.

Casi llegando a mi casa, hago una pausa en el puesto de birria. Compro comida primero para los perros; esas dos se merecen un premio y les compro tacos. También algo para mi familia. Los perros felices, yo en paz.

Camino en esta tierra con la mente en servidores Debian, asuntos judiciales y programación. Para mí, el volcán en este caso no era tanto paz como el signo distintivo. Se siente como un desperdicio no estar ahí, pero mi mundo real tiene lo necesario. Mientras escribo, mi esposa ronca y mis perros están dormidos; las dos del paseo cayeron desplomadas por la caminata y los tacos de birria.

Yo seguí con la pericial.

Y aunque no me gusta oír música por diversas razones, hay cosas que me vienen a la mente por la agencia de publicidad en la que trabajé en los noventa. Pienso en la tonada de El Tri: «Si las piedras rodando se encuentran… y tú y yo algún día nos habremos de encontrar…». Algo así.

Siento de manera lateral la ausencia de ese sueño, casi como fue en su momento romper relaciones de pareja. Solo una vez no rompí yo. Y no han sido tantas parejas: cinco en cincuenta y cuatro años.

En una situación de marzo del año pasado, sentí en la vida real una profunda tristeza por ver lo que se estaba haciendo una dama; sin ser una relación personal, solo fui testigo de un suicidio emocional, por decirlo así. Creo que, de los últimos diez años, esa sensación de tristeza ha sido el sentimiento más intenso, y aun así, sin ser para tanto.

00:56.

No sé si escribo porque tengo algo más que decir o porque quiero invocar el recuerdo de la caminata hacia el volcán.

Dejando de lado lo que llamaba Platón las sombras y las ideas, y el sentido de las sombras en el camino de Mitra, no estoy hablando de un multiverso. Ese sueño sigue en algún lado. Pero no me es posible saber cómo, dónde ni cuándo. No creo que sea al morir.

He visto menos muertes que doctores o enfermeras, pero sí me han tocado unas quince o veinte muertes, por lo menos. A mi hija no la vi morir; iba yo camino al trabajo. Años atrás, mi pareja estaba de viaje en Guadalajara mientras yo estaba en la Ciudad de México. He visto solamente un nacimiento y es más apantallante que una muerte (los nacimientos de perritos no cuentan).

Por cuestiones de mis vivencias personales, tengo la idea de lo que debo hacer una vez que muera. Puedo estar equivocado y que no haya nada, o un túnel de luz, o la caverna y el desierto de las series coreanas. En mi caso, lo primero va a ser ubicarme y contestar qué pasó ante una pregunta.

Para mí, sea como sea mi muerte y a la edad que sea, debo reaccionar y pasar a lo siguiente por el juramento de hace casi veinte años. Curiosamente, yo, que vivo en paz, cuando sea mi muerte debo reaccionar como en medio de una pelea y prepararme para la guerra, si puedo; y no veo por qué no.

Mi esposa se despertó un momento; yo ya le dije que aparece dos veces aquí. «¿Me quieres aunque ronque?», pregunta. «¡Porque roncas!», le contesto.

Así que tengo del otro lado de la puerta a varios perros tranquilos. Y mi esposa ya está, otra vez, en el quinto sueño. Soy Centinela.

Me doy cuenta de algo obvio que explicar: que la ropa azul flotando en el volcán es a lo que se refiere John Baines en El hombre estelar como «palabras de Isis». Y que es lo mismo de El mago, de John Fowles, con Astarté.

Por Astarté.

No es esto una ilusión de El rayo de luna de Bécquer. No es un premio. No es una ilusión. Es algo real. Es algo que vale la pena proteger. Algo por lo que vale la pena vivir y morir.

Sueños en secuencia. Por Astarté.