El problema de Batman

Hay una serie bastante decente de animación llamada Batman Beyond, que era una versión libre de algo no canónico, y salió después de las series de Bruce Timm sobre Batman, que incorporaron todo un estilo de animación.

Batman Beyond, o el Batman del futuro, muestra a un Bruce Wayne ya viejo que acaba teniendo un protegido que usa una armadura estilizada que le permite volar en espacios limitados, etcétera. Me tocó verla por un pariente de la familia.

Hay un episodio donde tratan de lavarles el cerebro a larga distancia, que yo recuerde, por lo menos al nuevo Batman y al Bruce Wayne ya mayor.

Después, cuando parece que ya cayeron, Bruce Wayne salva el día y al final el nuevo Batman le pregunta: ¿cómo supo que nos estaban lavando el cerebro y plantando ideas?

Y le contesta Bruce: “Las voces me llamaban Bruce, pero siempre me he llamado Batman.”

En el año 1994 al 1995 fue bastante curioso para mí. Además de la situación que comenté en la calle de Quetzalcóatl, tuve que mandar a la cárcel a una dama con la que había una química impresionante. Literalmente parecía de chiste: entraba ella o entraba yo a una habitación, aunque hubiera pared de por medio, y la temperatura subía como si hubieran prendido 20 focos.

La mandé a la cárcel un poco después de los 22 años, en mi caso. Estaba obligado a hacerlo: era una situación no solo de legalidad, sino de respeto. Si hubiera sido mayor, lo habrían excusado diciendo que teníamos relaciones, lo cual era falso. No pasó de ser una empleada subordinada que después cambiaron de área e hizo el asunto ilegal allá. Y cuando me ascendieron, me encontré con el problema entre manos.

Si yo hubiera sido más joven, pensarían que era tonto.

Ahí lo único que pude hacer fue ser duro y justo. En una situación normal solo hubiera manejado reparación del daño y boletinarla. Las listas negras existen.

Finalmente eso me provocó un pequeño drama existencial. Me estaba enfrentando a tres situaciones complicadas:

Como nuevo gerente provisional, estaba con un organigrama que no podía cambiar a mis manos derechas, y además había descubierto, uno o dos meses antes, un fraude gigantesco. Tenía también la situación de la dama de la calle de Quetzalcóatl y lo de la compañera de los tres novios. Todo esto mientras llevaba trabajo de tiempo completo más la licenciatura, más problemas en el país por ser inicios de 1995.

En los 90, y en mi tipo de trabajo, la dureza era inevitable.

El principal asunto con la dama mencionada de la cárcel era que yo solito me “atormentaba” preguntándome si no había una tercera salida. En realidad creo que no. Yo llevaba una doble vida haciendo cosas para el corporativo además de mi puesto oficial de gerente, así que mientras programaba aplicaciones me hacía la pregunta de repente. La mejor solución que encontré fue no pensar en ello y ponerme un castigo. Aunque ella fue a la cárcel por mediados de 1994, seis meses después seguía pensando en lo mismo y en las consecuencias. La situación en el trabajo se estabilizó, pero las situaciones en la escuela y en el país se volvieron surrealistas.

Creo que unos 20 o 25 días después de que me comentaron los de seguridad del corporativo que ella había sido vinculada a proceso, fue cuando encontré una solución mental y salomónica: no volver a pensar en ella por un año, forzarme a cambiar mi flujo mental. Ahora, aunque me acuerdo de su nombre y de una imagen específica difusa, nada más.

Y el castigo fue… no pensar en mí con el nombre que siempre me he dado a mí mismo, que no tiene que ver con Batman.

Me explico:

Desde que entré a la tradición mesoamericana conocida como camino rojo, y a lo que se le llama a veces el culto de Mitra (que es un derivado mesopotámico como respuesta a lo que pasó en la época de los faraones y los pueblos del mar), he tenido siempre presente la dualidad de las tradiciones europeas y la gran tradición que roza Mircea Eliade en chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis. No se trata de la moralidad Rosacruz, sino de una ética que es en parte de Zoroastro, en parte de Marco Aurelio, pero en realidad de la decencia humana.

A Mitra se le llama a veces el Juez de las almas, y todo el conocimiento solar que se deriva de él existe en esas ideas. Si conoces el tema, lo encuentras en nativos americanos, en los Yanomamis, en culturas chamánicas y un poco en los Rosacruces hasta la separación de 1900. Historia larga. Todos los principios morales deben tener un nombre, pero las reglas de la decencia humana no cambian con los siglos.

Así que en el grupo de tradiciones mesoamericanas en que me encontré de 1987 a unos años después, como siempre, algunas personas me trataban con respeto por dos o tres detalles y me llamaban de cierto modo.

Me forcé a no pensar en mí con ese nombre durante un año. No era mi identidad, pero casi.

Una de las cosas interesantes es que mis dos maestros tradicionales recibían el mismo nombre. De las 10 a 15 personas de diferentes grupos relacionados con ellos, yo era el único, el tercero, al que se referían con ese nombre los demás.

Digamos que era el siguiente en la línea, por compromiso interno.

No era una línea de sucesión. Era una línea de batalla.

Así que un día, en medio de todos esos seudo-problemas, ya resuelto el asunto al haber salido de ese trabajo, decidí caminar y me perdí. Una de las ideas que decían mis maestros tradicionales es que no se le ponen nombres al viento. Que es como poner cadenas al viento. Ya lo había entendido. Dos doctores no son lo mismo aunque hayan ido a la misma escuela y clases. Importa tanto el título como la persona: el papel que estás cumpliendo, lo que debes hacer y lo que eres hacen un todo.

Como parte de eso, un día en la casa hice un reacomodo y un objeto (Un bastón con ciertas características que se usa en algunas ceremonias en Yucatán) lo cambié de lugar.

Mi pensamiento fue: faltan unos cuatro días para llamarme de esa manera.

El bastón se cayó de la nada. Estaba bien agarrado.

Mi sorpresa fue absoluta.

1995. Calculo que estaba de vacaciones después de mandar muy lejos a la dama de la calle de Quetzalcóatl. Buscando trabajo, pero con casa propia y reservas. País en caos.

Dije: voy a salir a caminar.

Lo hice. Fui a ver a una amiga policía y después de comer decidí caminar un poco más.

Y me perdí, pero en serio.

Me encontraba en medio de ninguna parte. Ocho de la noche. Veo a una persona caminando hacia mí. Tipo obrero, oficinista. No peligroso físicamente. Un poco de miedo de parte de él.

Camino hacia él y, cuando voy a pasar a la otra calle, a unos dos metros de distancia, me pregunta:

-¿Es usted Alfonso Orozco?

¡¡¡¡

-Sí, ¿por?

-Vengo de parte del señor Rafael (mi maestro tradicional). Que si puede verlo en tal lugar pasado mañana a las doce.

Mi sorpresa era absoluta.

  • ¿De dónde es usted?
  • De Guadalajara.

Le hice una pregunta y me confirmó con una frase de los grupos mesoamericanos que sí, era él.

Mi maestro tenía el don de saber. Literalmente cosas como esa: saber dónde iba a estar alguien en situaciones imposibles. No fue el único caso. Una vez avisó que cuando fuera de nuevo otra persona a verlo iba a ir con su esposo, pero les advirtió que si veían un coche rojo que iba rápido se detuvieran mejor. Y así fue.

O le dijo a alguien: “Regresa a tu casa, que recibirás una llamada de Estados Unidos en 20 minutos.” Y así fue.

Consideré una señal de que podía pensar de nuevo en mí con ese nombre, pero nunca me volvió a pasar. Mi mente se refiere a mí, a veces, con un nombre con el que una dama me llamó en un sueño de cielos rojos cuando yo tenía como 16 años.

Pero el nombre no importa. Es poner cadenas al viento.

Mis perros tienen nombre porque incluso ellos tienen ese derecho universal. Rara vez los llamo por su nombre, a menos que se echen a correr.

Ayer, mientras pasaba por la calle de Quetzalcóatl, pensaba al mismo tiempo en tres cosas: una era mi trámite, otra en la dama de esa calle, y la tercera estaba revisando el celular con un último vistazo a unas hojas antes de imprimirlas para el trámite. Ahí venía el enlace a un subdirectorio oculto de mi sitio, alfonsoorozco.com. Este es alfonsoorozcoaguilar.com y tienen finalidades diferentes.

Sí, tienen razón de ser. Es mi nombre, pero no lo es. Tampoco es el nombre del sueño, aunque es más real.

No tengo nombre, en realidad. Represento algo que no tiene nombre. No digo que es como el tao (tao que  puede explicarse no es tao ), pero por ahí va la idea.

Por ejemplo, en mi familia soy el tercero directo Alfonso Orozco. Tengo primos que se llaman igual, mi hijo se llama igual y probablemente mis nietos también. Pero no soy solo esas letras. El hermano mayor de mi bisabuelo se llamaba Alfonso, al igual que su padre y abuelo. Murió en un accidente de barco, por lo que sé, y su hermano mayor (mi bisabuelo) y nuevo primogénito se llamaba Antonio. Él le puso el nombre de Alfonso a su hijo mayor. Mi padre fue el segundo hijo hombre, así que de ese lado fácil somos unos ocho o diez.

Así que toda mi infancia me llamaban de manera diferente, digamos… el apodo familiar. Todos mis primos saben que soy Alfonso, pero para ellos es mucho más fácil referirse a los Alfonsos con un nombre en clave, porque si no, no sabemos de quién estamos hablando.

Creo que de toda mi vida solo siete personas han sabido el nombre del sueño de los cielos rojos y que no sean parte del grupo de trabajo de tradiciones mesoamericanas. Justo mis cinco parejas sentimentales en 54 años, la dama Margarita (cuando le expliqué de un sueño que tuvo) y la dama de la calle de Quetzalcóatl.

Pero mi nombre no importa.

Pensando a veces en los trámites que hago, el código que escribo, mis servidores, la subida de información… es un símbolo o token de identificación, pero mi nombre no soy yo.

Soy lo que hago.

Desde 1995 no pienso en mí de ninguna manera, y quizá por eso he podido detectar intentos de influenciarme, porque esperan que le dé valores a los nombres, cuando lo que importa es lo que haces, tu ética y tus valores.

Sí, para el banco tienes un nombre. Para la universidad y tu pareja también.

Pero, por lo menos, yo soy lo que hago y lo que pienso, y así debe de ser. Tengo derecho a un nombre, pero mi nombre deja algo.

A veces me pregunto que pasará cuando muera. Tengo cierta idea pero que nombre usarán ? Probablemente el nombre del sueño de los cielos rojos, de una época diferente. Casas de barro, puertas de madera, escudos de madera y brillos imposibles en el cielo.

Ni nombre no importa.

Lo que hago es lo que soy.