Me encuentro en casa después de regresar de llevar un documento a una dependencia pública. Lo entregué a eso de la una y media.
Acabo de comer una pizza de Little Caesars con orilla de queso. No muy prehispánico.
Me tardé en salir de la casa porque, mientras hacía el índice a un documento y revisaba cuatro fotos, se me hicieron las 09:00. Luego imprimí y fui a recoger mi credencial de elector nueva y hacer fila.
Afortunadamente la dirección era correcta, no hubo “ping pong” gubernamental. Solo tuve que cambiar un detalle del destinatario e ir a la oficialía de partes.
En un momento de mi caminar, pasé por Metro Normal. En 1995 terminé la carrera de Licenciatura en Sistemas Computacionales Administrativos, aunque no me titulé por el problema de la preparatoria en Guadalajara. Además, lo único nuevo para mí fueron dos o tres materias de derecho laboral. Lo de sistemas ya me lo sabía, incluso hasta dormido. Contabilidad también. Relativamente, fue un desperdicio de tiempo para mí, joven de 23 años.
Fui seis semestres a ese plantel, el ultimo (octavo) en el segundo plantel para no estar en medio de los lios de la compañera de los tres novios. El primer semestre para mí duró dos semanas ( lo explico en otro mensaje mas adelante) y además durante uno de los siete semestres, estuve yendo los miércoles en la tarde y en la mañana, por dos materias que debía cursar por las revalidaciones en Contaduría Pública y el asunto de primero. Pero era por Metro Normal, muy cerca del edificio de El Sol de México, y aunque la escuela cerró en 2017, muchas cosas estaban bien. Las personas, no tanto, y sí a la vez.
Tuve tres compañeras de escuela guapas al mismo tiempo. Cada una con sus problemas.
En esa época me la pasé sin pareja, los años debieron ser de 1993 a 1995. Y aunque con una de mis compañeras fui al cine (y pensándolo bien, con otra fui a Reino Aventura y al cine también por iniciativa de ella), las conocí bien en lo que cabe. El día de mi cumpleaños fueron las tres al trabajo por mí.
Un detalle curioso es que, por mis ingresos y ya tener casa, luego les pagaba la comida. De lo que vendían en la cafetería había unas sincronizadas muy buenas, pero como estaba cerca de Metro San Cosme y de Normal, no tenía caso ir en coche allí. Así que, saliendo del trabajo, mi rutina de esa época era: salir del trabajo, ir a la casa por mis cosas que me quedaba cerca, y luego a la universidad y comer en la cafetería.
A la salida, como no llevaba coche y no tenía caso porque además vivía a dos cuadras del metro, muchas veces acompañé a una de ellas a su casa. Ella vivía relativamente cerca, justamente en la calle de Quetzalcóatl. Nunca conocí a sus padres, aunque estuve cerca.
De esa dama, después de mis parejas sentimentales y de la dama Margarita, es la persona con la que más he hablado de cosas personales o importantes.
Las pláticas fueron curiosas. Sin embargo, por un asunto de violencia que había en ese momento en la colonia Santa Julia, que no estaba tan lejos, había cierto riesgo. Además, las avenidas importantes suelen tener un problema de coordinación territorial: atender un delito allí significa que las dos partes se echen la bolita. Una policía dice que cubre desde ahí a la izquierda, y otra que a la derecha. Los ladrones se quedan en medio y no les hacen nada. Literal.
Y esta dama vivía muy cerca del cruce de tres diferentes delegaciones y a unas seis cuadras de Santa Julia. Era 1994–1995.
No recuerdo cuál era la casa en que ella vivía, que realmente era un edificio. Pero sí recuerdo que, llegando al lugar a eso de las 22:30, lo que hacía yo era quedarme en la esquina para poder ver a todos lados, y a veces me acercaba más. Y siendo su cuadra mucho más segura, levantaba la mano y la veía entrar.
No había celulares. Nada romántico. Simplemente algo decente.
Lo siguiente que hacía yo, si tenía hambre, era ir a uno de dos lugares de hamburguesas y comerme tres de tres dólares cada una. Hoy serían unos 180 pesos cada día. Esa era mi comida fuerte del día.
Y regresaba a mi casa a pensar en lo demás. No en esa dama, ni en la calle de Quetzalcóatl, sino en algo que era más bien el trabajo.
Hoy, pasando por allí, me acordé de esa época.
A la dama le pareció bien tener como amiga a una compañera de grupo que tenía tres novios, y eso, por calidad humana, me indicó que debía decir adiós de manera inmediata y automática, figuradamente hablando. Eso coincidió con un lío al final de semestre.
No volví a ir a la calle de Quetzalcóatl.
Hice algunos arreglos y lo que empecé a hacer los siguientes uno o dos semestres fue llevar mi coche, salir de la escuela, tomarlo, ir a una pensión porque donde vivo es difícil estacionarse, y luego ir por mis hamburguesas.
Mi vida no cambió mucho.
En estos 30 años la calle sigue siendo igual, pero con implicaciones tremendas. Donde yo vivo está igual, aunque donde estaba ella es un poco más peligroso. Y cuando digo “igual” es porque yo escogí dónde vivir por ser seguro, con apenas uno o dos incidentes aislados.
No es que añore esa época. Hay cosas que para mí son naturales. Sin embargo, sí recuerdo algunos eventos de tantas idas al cine: pláticas en el Parque Lincoln con mi coche estacionado y caminando, ir al cine Polanco y me parece que al Ariel, elcafé Bondis. Una vez fuimos a un lugar de medio lujo en Mazarik y resultó que el dueño era un conocido mío de Guadalajara, de los que iban a las reuniones de mi maestro tradicional. Nos dieron todo gratis y me dijeron que volviera cuando quisiera, pero nos dio pena.
Pláticas sobre sus ganas de ir a Europa. Y ella no veía lo que le estaba pasando en su vida.
Sin embargo, en su momento le comenté del sueño de los cielos rojos. Se llevó un susto una vez que no vi una cadena de estacionamiento: me fui de frente por el impulso, metí las manos, jalé las piernas y, en lo que ella veía dónde estaba, ya estaba yo parado automáticamente detrás de ella, que era el lugar natural. Para ella fue como si apareciera de la nada, claro, y se asustó.
En fin.
No es que piense que en otra vida pudo ser algo.
Hay personas que viven en la calle de Quetzalcóatl. Ella vivía allí por sus problemas medio personales. Por lo que supe, tenía una hermana medianamente decente y, aunque ella era soltera y demás, no me puedo imaginar vivir con tus padres y sin trabajar a los 22 años.
Es posible que en otro momento me quede viendo en el futuro cuando mi hija entre a su casa o demás. Mi casa está desde los 20, los puestos de hamburguesas también. La vida puede cambiar mucho cuando te falla la ética y decides que está bien tener una amiga con tres novios.
Y sí, para ella era natural caminar por la calle de Quetzalcóatl. Para mí era algo temporal y estar alerta, para proteger a otros.
Tezcatlipoca rules. No Quetzalcóatl.