Deseos espontáneos vs deseos provocados pensar en implicaciones espanta a muchos

Uno de los temas que he visto de manera recurrente en varios libros es la necesidad de controlar los deseos. Incluso es posible que hayas sido uno de esos niños a los que un maestro o maestra les decía “no digas debo, di quiero”, y corregían tu modo de hablar. A mí nunca me pasó, pero vi por lo menos a unos cinco maestros que lo hacían con compañeros de clase.

«Haz lo que debes hacer» es una frase que entró a fuego en mi mente desde que entendí los principios básicos del ciclo del crecimiento: plantas, riegas, cosechas; cocinas, separas, comes. Los seres humanos son igual, y pensar en palabras como “historias inspiradoras” o “historias motivadoras” separa, en mi opinión, a las personas exitosas, los hacedores, de aquella multitud de esperanzados en la justicia divina o la mera suerte.

El caso es que controlar los deseos se oye bonito. Es necesario. Explícaselo como quieras a alguien y lo más seguro es que consigas una mirada de complicidad (si te entienden) o una actitud de lirio desmayado, como si la idea de controlar los propios deseos fuera una estupidez o algo propio de un yogui elevado (en el sentido de Gurdjieff, alguien que se ciñe a un yugo, o sea que controla sus deseos y su mente a través de observancias físicas o morales).

Pero…

¿Qué deseos deben contenerse? ¿Los espontáneos o los provocados?

En realidad, todos deben pasar por el filtro de si es correcto o no. Aunque he encontrado que rara vez las personas tienen deseo del MUNDO REAL; el deseo del mundo real es quizá el único que debe satisfacerse siempre que se pueda.

Eso no significa hacer cosas autodestructivas, como vivir una vida bohemia sin poder ganarte el propio sustento, que para fines prácticos es igual de peligroso que ir a un parque de noche. Muchos confunden los deseos con lo que creen que merecen, y por satisfacerlos hacen el equivalente práctico a una ruleta rusa.

El concepto de deseos espontáneos y el de deseos provocados se encuentra en varios caminos, justificando uno u otro. Se menciona de manera lateral en la novela El fin de la Eternidad, de Isaac Asimov.

Si caminas por una plaza comercial, lo más seguro es que veas muchísimos aparadores tratando de despertar un deseo, de provocarlo. Toda la publicidad de los medios tradicionales (televisión, radio, cine) trata de provocar un deseo. Las personas que se visten de cierta forma para atraer al sexo opuesto (y no para sentirse bien consigo mismas) están provocando un deseo.

Un ejemplo: tengo la costumbre, desde 1998 más o menos, de tener dos lociones caras, siempre originales, específicas, y por lo general las uso para tener una ventaja psicológica. No es lo mismo cuando llegas a una reunión de trabajo con un director general en jeans o traje chafa, que cuando entras con un saco de ojo de perdiz de Pardueles (tienda de ropa cara); y sí hay cierta diferencia para muchas personas si traes una colonia Hugo Boss o un Fahrenheit. Pero si a ti no te importan y lo usas como un soldado, siendo parte del uniforme con que vas a la guerra, no es cuestión de deseo, sino de necesidad.

Por cuestiones varias, tengo la suerte de que ya no me muevo por zonas donde hay juniors o empleados de segunda fila que sueñan con coche nuevo o con una pareja de cierto tipo. Por ejemplo, hace unos días fui a una cafetería más o menos pretenciosa en la colonia Guadalupe Inn, pero no porque quisiera ir, sino porque era el único lugar abierto a las diez de la mañana para una junta de trabajo que duró dos horas. No hubo ningún deseo de mi parte.

¿Cuándo fue la última vez que pasaste hambre? Pudo ser por no tener dinero o por no tener oportunidad de ir a comprar comida. ¿Es deseo comer? Es una necesidad.

Acepto que haya vegetarianos, veganos y sesudos argumentos sobre la marca de agua o el peso de agua de cada kilo de alimento producido. Pero también sé que la mayoría de la gente no tiene oportunidad de elegir. Hace unos años conocí a una mujer de 50 más o menos con graves problemas de salud por ser vegetariana. Le recetaron una gran cantidad de pollo, por lo menos, y de repente carne de res. Las hamburguesas de soya y las ensaladas no te dan los aminoácidos. ¿Dije que esta dama tenía dos millones de dólares? No tengo idea de qué argumento le creó el deseo de volverse vegetariana.

Pero seguir los deseos puede ser desastroso. La pregunta básica es: ¿seguir ese deseo es cómodo? ¿Puede tener efectos secundarios? Carajo, por lo menos probar carne de vez en cuando para ver cómo te cae es lo más sensato.

Así que, a lo largo de los años, de una forma u otra he comentado a varias personas que hagan una lista de sus deseos o metas, y que vean si son espontáneos o provocados. La mayoría de las veces no entienden y hasta se encabronan o enojan cuando se dan cuenta de que sus deseos son provocados, y que no tienen la capacidad de satisfacer la mayor parte de ellos.

Por ejemplo, una persona nacida en 1965 en adelante probablemente tenga peor situación económica que sus padres y es casi imposible que tenga una casa. Al no poder satisfacer lo que creen que es un deseo (y en realidad es una necesidad), se enojan porque el sistema no es justo, o eso dicen. Eso termina en desalojos bancarios, como en España y Grecia. He entendido que, aunque hay uno que otro rebelde con causa entre los que se oponen a las reglas o modos del mundo, muchos de ellos no son corteses ni prudentes. Ser descortés no le sirve de nada a nadie, al igual que no sirve usar sarcasmo, mentiras, compasión o cualquier método de manipulación. Y todas las personas sensatas evitan, en lo posible, ese «deseo de confrontación» de rebeldes sin causa, porque es un deseo retrógrado; y, por lo menos desde mi punto de vista, en un enfrentamiento debes entrar sin pensar en victoria, derrota o deseos. Un deseo de confrontación, sea por un parásito o por un crítico del gobierno sin hechos duros, es una estupidez. Y decir pestes del gobierno puede ser realista, pero es tan delicado el tema que lo mejor es no hablar de política.

Lo que sí sé es que los «salvadores políticos del mundo» o los idealistas esotéricos que empiezan a tener sus ideas políticas, en realidad se olvidan de sus necesidades inmediatas, y se ponen a provocar, que viene siendo un tipo de exhibicionismo verbal, parecido a usar ropa indecente.

Que hay muchos muertos en mi país, México, sí los hay. Pero no me muevo por donde pueden matarme. Eso no es adrenalina. Un guerrero hace del lugar donde está su campo de batalla, diría Castaneda.

¿Y qué de los deseos espontáneos? Ahí entran los esquemas morales. Si no le haces daño a nadie, lo puedes hacer solo, no es autodestructivo, pues probablemente puedes satisfacerlo. Ejemplo: los helados Häagen-Dazs cuestan en México 88 pesos el doble (5-6 USD), pero para muchos es prohibitivo. Si hace calor y los veo, lo compro a veces, pero eso no indica que me estén terceros provocando el deseo de helado; es simplemente que el calor y un factor externo lo provocaron (aunque parezca espontáneo), y eso no indica que deba o no satisfacerlo.

Desde el punto de vista tradicional, esta es tu única vida, y rendirse a los deseos de cualquier tipo es peligroso por lo estúpido. No se trata de sobrevivir sin trabajar en el modo bohemio. Se trata de satisfacer tus necesidades y hacer lo correcto porque es correcto.

Uso el ejemplo de los bohemios porque muchos, por descortesía o amnesia, son incapaces de trabajar con otros o de tener pareja. No falta el medianamente intelectual (perdón por la palabra) que considera a los otros inferiores y decide no mezclarse con ellos, pero es incapaz de ganarse su propio pan.

¿Qué va a ser de los bohemios a los 50? ¿A los 70?

Los deseos no son enemigos, no son brújulas. Simplemente son cosas de la vida. Y cuando vas en la calle ves tantas cosas que se entienden de inmediato pensando en «provocado» contra «espontáneo». Pensar en que ojalá gane un equipo de fútbol, o que Dios te cumpla un milagro, o entender una cultura muerta, es igual de peligroso, igual de estúpido y se explica en parábolas.

Deja que los muertos entierren a sus muertos. Muchos deseos hacen que la gente no viva, y cambien su vida por otra cosa diferente. Si no puedes controlar tus deseos y crees que mandar el mundo al demonio es lo cool, bohemio o hermoso, estás con un deseo romántico de leer demasiadas historias espirituales, románticas o de rebeldes.

Tener ganas de regresar a tu casa después de un día de trabajo no es un deseo. Es algo natural y obvio donde no intervienen los deseos ni las necesidades.

¿Vives tu vida para cumplir un deseo que en realidad no le sirve de nada a nadie?

El retiro del mundo no está permitido en la mayor parte de los casos, y si por salvar el alma tienes que morirte de hambre, estás cometiendo un error bastante común.